Hoy he tenido fiesta en el colegio y he dado gracias a todos
los seres celestiales porque, la verdad, tanto los alumnos como los profesores
nos encontramos en un punto en el que no nos aguantamos mucho más. Sus hormonas
están en rompan filas y nuestra paciencia ha pedido ayuda armamentística a la
OTAN. Así, que me he despertado un poquito más tarde de lo normal y me tomado el
lujo de hacer el vago en la cama durante un rato para navegar en las redes
sociales.
Normalmente, cuando hago esto me fijo, sobre todo, en los vídeos de perritos para empezar el día de buen humor; sin embargo, me he topado con una nueva polémica que está enfrentando a bookstagrammers y autores/as: ¿es moralmente correcto etiquetar a un/a escritor/a en una mala reseña de su libro? Las posturas son muy claras. Los primeros dicen que sí haciendo alusión a la libertad de expresión y a que, si tú te expones al público, tienes que aguantar todo. Los segundos, obviamente, discrepan. Por lo tanto, he dejado de ver perretes, y aquí estoy, metiéndome en un jardín.
![]() |
| Bambi y su amigo bocachancla, el protagonista de esta entrada. |
Antes de seguir con este artículo, me gustaría abrir un pequeño paréntesis para dejar claro que lo que voy a expresar es mi opinión personal y que esta se basa en mi experiencia como persona que se expuso a lo grande sin pensar en ello (y que vio la cara más cruel) y como educadora. Por lo que, si en algún momento parezco Pepito Grillo, os pido perdón, pero es una enfermedad degenerativa que todas las tutoras de 1r ciclo de la ESO padecemos. Dicho esto, prosigo.
Nos guste o no, todo el mundo tiene derecho a opinar sobre nosotros desde el momento en el que pertenecemos a un grupo social y convivimos con él. Esto es un hecho que no podemos cambiar, ya que es imposible introducirse en la mente de las personas que nos rodean y hacer que nos obvien. Es más, los seres humanos elegimos con quién establecer relaciones personales según la primera opinión que nos creamos sobre alguien aunque no seamos conscientes de qué tipo de opinión nos sugiere. En ese estadio inicial quizá hablemos más de sensaciones o vibraciones. A partir de ahí, conforme pasamos el tiempo con él o ella (o no, porque también somo muy de montarnos películas que ni Spielberg), a ese pensamiento abstracto al que todavía no le hemos puesto una etiqueta maniquea le vamos añadiendo información hasta poderle dar una forma, más o menos consistente, con la ayuda de nuestros principios éticos y/o culturales que nos haga decir «vale, ya tengo una opinión respecto esta persona».
![]() |
| Tú recogiendo el Oscar a la peli que te montaste cuando conociste a tu mejor amiga. |
Ahora bien, ya que tenemos que lidiar con que la gente opine de nosotros por el simple hecho de haber nacido, ¿significa que debamos aguantar toda crítica? No. Ni aunque solo te conozca tu madre ni aunque seas Isabel Allende tienes por qué ser consciente de todo lo que se dice sobre ti y mucho menos si eso es negativo, ya que la salud mental de una persona no guarda ningún tipo de proporcionalidad con su fama como tampoco se es más sincero por ser más maleducado.
Un vicio muy feo que tenemos las personas cuando hacemos críticas es que deshumanizamos a quienes hay detrás de aquello de lo que estamos hablando. Entonces, nos encontramos frente una pantalla, completamente protegidos, en la comodidad del anonimato, hablando mal de algo sin pensar que hay alguien con sus circunstancias que ha tenido la valentía de hacerlo y exponerse a que tú y cientos de personas como tú lo consumáis. Y, ojo, no estoy diciendo que no te pueda no gustar su obra, pero ¿qué ganas haciéndoselo saber y más cuando no es una crítica constructiva? ¿Qué clase de ser humano eres que necesitas buscar a una persona que está en desventaja contigo, porque si te responde, puede verse perjudicada profesionalmente, para decirle que ha hecho una puñetera basura?
Cuando tenía 23 años tuve la “gran idea” de presentarme a un concurso de imitaciones musicales en la televisión nacional y con emisión internacional. Durante la preparación de la actuación y en el transcurso de esta tuve muchos problemas técnicos que, junto a mi inexperiencia, hicieron que no fuese la mejor experiencia de mi vida y a día de hoy todavía me cuesta ver ese vídeo. Me expuse ante más de 3.000.000 de personas sin pensar en las consecuencias. Sabía que podía gustar o no, pero jamás pensé en los comentarios que podía llegar a recibir de personas que ni conocía, que no dieron nunca la cara y que solo hicieron mella en mi salud mental solo por querer cumplir un sueño. Hubo gente que me comentó cosas a mejorar con toda la educación del mundo y se lo agradecí, pero otros energúmenos me desearon incluso la muerte con bonitas frases como «antes de haber hecho esto, haberte suicidado».
Quien lea esto pensará que el mundo de la literatura no es tan feroz como el de la televisión. Pues yo le digo que 1) es mentira; 2) da igual, ya que no hablamos de sectores artísticos, sino de comportamientos humanos. Estamos perdiendo la empatía, el ponernos en el lugar del otro porque no valoramos el esfuerzo que cuestan las cosas o porque cada vez somos más intransigentes y necesitamos que las cosas sigan el canon que se nos ha prometido o, si no, ya decidimos que algo no es bueno o no le damos la oportunidad. Esto último, si me lo permitís, va a ser un por mí y por todas mis compañeras y ahora veréis por qué.
Este es un tema que hablamos una amiga mía y yo y es que las etiquetas temáticas nos constriñen mucho a la hora de expresarnos como autoras y juegan en nuestra contra en las reseñas, ya que algunas lectoras esperan que, por ejemplo, una novela romántica tenga esto, esto y aquello y, si no lo tiene, dos estrellas y para casa. Es decir, si en una comedia romántica se nos ocurre hablar de política, no poner escenas sexuales o querer acercarnos a la Women’s Fiction por el mero hecho de querer ir un poquito más allá en nuestra carrera, experimentar o, simplemente, porque nos apetece, ya tenemos ir con miedo porque sabemos que vamos a tener una mala crítica por alejarnos del canon purista y una de dos: o escribes con desgana y no te sales del raíl o pasas del tema, que es lo más inteligente.
No obstante, al igual que ese crítico es incapaz atarse la lengua y tiene la necesidad de decir lo que piensa y luego pedir respeto, puede que ese autor o autora tenga un mal día, se le haya muerto alguien, le hayan despedido o se le hayan hinchado las narices y, en lugar de pasar o llorar en su casa, te conteste diciéndote: «Mari Carmen, hay dos caminos para mandarte a la mierda y los dos pasan por tu casa». Y como he dicho antes, quien saldrá mal parado será el autor por contestar a pesar de estar haciendo uso de la adorada libertad de expresión.
| Seguro que Pérez-Reverte me contestará si le digo que "este" ya no se acentúa. |
Quizá penséis ahora que yo quiero que se instaure una disciplina del silencio. ¡Para nada! Todo lo contrario. Las opiniones constructivas son necesarias, ya que son la retroalimentación más directa de la que dispone cualquier artista ante la exposición de su obra, trabajo, proyecto, etc., para avanzar. No obstante, como diría la madre de Tambor a su hijo en Bambi, «si al hablar no has de agradar, es mejor callar». Creo que si no vas a hacer una reseña que realmente vaya aportar algo que pueda ayudar a esa persona a mejorar aquello que de lo que estás hablando, no la etiquetes porque es un daño gratuito que quizá tu piensas que es totalmente inofensivo, pero el autor el único mensaje que está recibiendo es que no hace bien su trabajo a pesar de su esfuerzo. Además, nosotros somos conscientes de que no vamos a gustar a todo el mundo, de los puntos por los que nos pueden atacar y somos tan masocas que pasamos tiempo las semanas después del lanzamiento de nuestros libros nos las pasamos en Goodreads con un bote de Nocilla en la mano.
En conclusión, tanto si te ha encantado el libro como si no ha sido el mejor, opina siempre de forma constructiva y desde la empatía y, si no lo vas a hacer así, por lo menos ten el corazoncito de no llamar la atención del autor o autora porque, ¿para qué? Citando a Anna Casanovas, «mi novela no es una pizza. Por mucho que me digas, no puedo cambiarle los ingredientes y meterla en el horno de nuevo para ver si así te gusta más».


Bravo, Bárbara. Bravo.
ResponderEliminarGracias, preciosa <3
Eliminar